Javier Menéndez Flores publica “Extremoduro. De profundis”, la historia autorizada de la banda

Ha habido muy pocos grupos de rock españoles tan personales y emocionantes como Extremoduro. Roberto Iniesta, su fundador y emblema, acuñó la expresión rock transgresivo para definir el tipo de música que hacían, caracterizada por la unión de una poesía de una fiera visceralidad, sin parangón en el ámbito de la canción popular, y unas estructuras musicales que se rebelaron contra las fórmulas al uso. Pese a ser ignorados durante años por los grandes medios de comunicación, su discurso sedujo a miles de personas de distintas generaciones y estratos sociales, y se convirtieron en un fenómeno cultural digno de estudio.

En este libro, además de un exhaustivo recorrido por su trayectoria, desde sus durísimos inicios hasta su disolución en 2019, el autor lleva a cabo un profundo análisis del imaginario de esta banda a través de la disección de sus letras, cargadas por igual de poesía y nitroglicerina.

Considerado por muchos críticos y colegas el mejor grupo español de rock de todos los tiempos, su nombre sigue teniendo tintes de leyenda. Algo a lo que contribuyó sobremanera la honestidad profesional del tándem formado por Robe e Iñaki Uoho Antón. Puesto que Extremoduro perteneció a esa reducida estirpe de artistas que se resiste a hacer concesiones de ningún tipo a la industria y al mercado.

Los ocho primeros años de vida de Extremoduro fueron un continuo caminar por un alambre incandescente. Las trifulcas con los sellos discográficos, las penurias económicas, los excesos estupefacientes, el desprecio de los medios y los recambios de músicos, que entraban y salían de la formación como si aquello en vez de un grupo de música fuera una banda de atracadores, ejemplifican hasta qué punto cuando un hombre cree en su proyecto artístico y aguanta, puede obrar el milagro. Ese hombre, Roberto Iniesta, Robe, vivió en su magro pellejo tifones y siniestros totales y lo tuvo casi todo en contra, pero logró superar aquella sucesión de calamidades gracias a una obstinación alimentada por la seguridad —con todas las inseguridades del artista al mismo tiempo— en el propio talento.

Jamás lo habría conseguido sin la ayuda de Iñaki, músico total y con las ideas cristalinas, a quien Robe le pidió que acudiera en su auxilio porque si lo que tenía entre manos no cuajaba, se volvía de cabeza a la chapa. Lo que dio aquella feliz unión es historia del mejor rock en español: nació el disco que los llevó a conquistar los cielos, Agila (1996), y, a partir de ahí, Extremoduro se civilizó, vivió una larga etapa de paz y engendró algunos de los mejores discos que se han grabado en España, en cualquier género, en el presente siglo. Obras maestras incontestables como Yo, Minoría Absoluta y La Ley Innata, que sobreviven al grupo tras su defunción y siempre serán referentes. Pero antes de eso hubo un principio.

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